jueves, 31 de diciembre de 2015

HACIA UN NUEVO PARADIGMA EN LA INVESTIGACIÓN SOCIAL

HACIA EL NUEVO PARADIGMA SISTÉMICO POR MIGUEL MARTÍNEZ MIGUELES Hoy día, para­dójica­mente –como ya señalamos– en un momento en que la ex­plosión y el volumen de los conocimientos pare­cieran no tener lími­tes, no solamente estamos ante una crisis de los fun­da­mentos del conocimien­to científico, sino también del filo­sófi­co, y, en general, ante una crisis de los fun­damentos del pensa­mien­to. Esta situación nos impone a todos un deber histórico ine­ludible, especialmente si hemos abrazado la noble profesión y misión docente. El espíritu de nuestro tiempo está ya impulsándonos a ir más allá del simple objetivismo y relativismo. Una nueva sen­sibilidad y universalidad del discurso, una nueva racio­na­li­dad, está emergiendo y tiende a integrar dialéctica­men­te las dimensiones empíricas, interpretativas y críticas de una o­rientación teorética que se dirige hacia la actividad prác­tica, una orientación que tiende a integrar el “pensa­miento calcu­lante” y el “pensamiento reflexivo” de que habla Heideg­ger (1974), un proceso dia-lógico en el sentido de que sería el fruto de la simbio­sis de dos lógicas, una “digi­tal” y la otra “analógica”, como señala Morin (1984). Pero el mundo en que hoy vivimos se caracteriza por sus interconexiones a un nivel global en el que los fenóme­nos físicos, biológicos, psicológicos, sociales y ambientales, son todos recíprocamente interdependientes. Para describir este mundo de manera adecuada necesitamos una perspectiva más amplia, holista, sistémica y ecológica que no nos pueden ofrecer las concepciones reduccionistas del mundo ni las diferentes disciplinas aisladamente; necesitamos una nueva visión de la realidad, un nuevo “paradigma”, es decir, una transfor­mación fundamental de nuestro modo de pensar, de nuestro modo de percibir y de nuestro modo de valorar. En fin de cuentas, eso es también lo que requiere la comprensión de la naturaleza humana de cada uno de noso­tros mismos, ya que somos un “todo físico-químico-biológi­co-psico­lógico-social-cultural-espiritual” que funcio­na maravillo­samente y que constituye nuestra vida y nuestro ser. Y cualquier área que nosotros cultivemos debiera tener en cuenta y ser respaldada por un paradigma que las integre a todas. Un paradigma científico puede definirse como un prin­cipio de distincio­nes-relaciones-oposiciones fundamentales entre algunas nociones matrices que generan y controlan el pensamiento, es decir, la constitución de teorías y la pro­ducción de los discursos de los miem­bros de una comunidad científica determi­nada (Morin, 1982). El paradigma se con­vierte, así, en un principio rec­tor del conocimiento y de la existencia humana. De aquí nace la intraducibilidad y la incomunicabilidad de los diferentes paradigmas y las dificultades de comprensión entre dos personas ubicadas en paradigmas alternos. Pensemos en lo que le costó a la cultura occidental pasar del geocentrismo al heliocentrismo, o superar el concepto tan arraigado de la esclavitud. Un conocimiento de algo, sin referencia y ubicación en un estatuto epis­temológico que le dé sentido y proyección, queda huérfano y resulta ininteli­gible; es decir, que ni si­quiera se­ría conocimiento. En efecto, conocer es siempre aprehender un dato en una cierta fun­ción, bajo una cierta relación, en tanto significa algo den­tro de una determinada estructura. Todo método, por lo tanto, está inserto en un paradigma; pero el paradig­ma, a su vez, está ubicado dentro de una estructura cognoscitiva o marco gene­ral filosófico o, sim­plemente, socio-histórico. Esto hay que ponerlo en evidencia. Pero esta tarea equivale a descubrir las raíces epistemológicas o etno-epistémicas de la cultura occidental, o de otras culturas que, a su vez, generan saberes alternos. En nuestro caso, por ej., de Hispanoamérica, es relativamente posible rastrear sus componentes, pues no habían transcurrido 60 años del momento en que Colón llegó a estas tierras, cuando España ya había creado tres Universidades al estilo y con las prerrogativas de la de Salamanca (en Sto Domingo, Oct. 1538; en Lima, Mayo 1551; y en México, Sept. 1551); y cuando Inglaterra creó la primera en sus colonias (la de Harvard, en 1636), ya España había fundado trece en la suyas. Igualmente, es muy indicativo el hecho de que el primer ferrocarril que construyó España no fue en su propia geografía, sino en la Isla de Cuba. Aunque tengamos una rica experiencia, una amplia formación y un trabajo profesional competente, aunque seamos, incluso, investigadores expertos, difícilmente podremos evadir la búsqueda del método adecuado para estudiar apropiadamen­te muchos temas desafiantes y, quizá, tendremos que constatar que ningún método disponi­ble resulta compatible con la experiencia que vivimos. Ante esta situación, tendremos que penetrar más profundamente y buscar nuevos métodos: métodos que lleguen a la estructura íntima de los temas vitales desafiantes, que los capten como son vividos en su concreción; pero estos métodos llevarán siempre implícito un desafío epistemológico. Muy bien pudiera resultar, de estos análisis, una gran in­coherencia lógica e intelectual, una gran inconsistencia de nuestros conocimientos consi­derados como los más sólidos y que muchos aspectos de nuestra ciencia pudieran tener una vi­gencia cuyos días estén conta­dos. Si el conocimiento se entiende como arti­cu­lación de toda una es­truc­tura epistémi­ca, nadie ni nada podrá ser eximido –llá­mese investigación, programa, profesor o alumno–, de afrontar los arduos problemas que pre­sen­ta la epis­temología crítica. Lo contrario sería conver­tir a nuestros alumnos en sim­ples autómatas que hablan de memoria y repiten ideas y teorías o aplican métodos y téc­nicas en­tonte­cedores y hasta cretinizantes, con los cuales cierta­mente colapsarán y por los cua­les podrían ser arras­tra­dos hacia el vacío cuando una vuelta de la histo­ria, como la que he­mos presenciado no hace mucho en los paí­ses de la Euro­pa Orien­tal, mueva los fundamentos epistémi­cos de todo el edi­ficio. La UNESCO lleva varios años alertando sobre esto y solicitando que se revisen los planes de estudio de todas las carreras. Como dice Beynam (1978), “actual­mente vivimos un cambio de paradig­ma en la ciencia, tal vez el cambio más grande que se ha efectuado hasta la fecha... y que tiene la ventaja adicional de derivarse de la van­guardia de la física contem­poránea”. Está emergiendo un nuevo paradigma que afecta a todas las áreas del conoci­miento. La nueva ciencia no rechaza las aportaciones de Galileo, Descartes o Newton, sino que las integra en un contexto mucho más amplio y con mayor sentido, en un paradigma sistémico. La natura­leza íntima de los sis­temas o es­tructuras di­ná­mi­cas, en efecto, su enti­dad esencial, está cons­titui­da por la rela­ción entre las partes, y no por éstas tomadas en sí. La relación es una entidad emergente, nueva. El punto crucial y limitante de nuestra matemática tradicional, por ej., se debe a su carácter abstracto, a su incapacidad de captar la entidad relacional. La abstracción es la posibilidad de considerar un objeto o un grupo de objetos desde un solo punto de vista, prescindiendo de todas las restantes particu­laridades que pueda tener El enfoque sistémico es indispensable cuando tratamos con estructuras dinámicas o sistemas que no se componen de elementos homogéneos y, por lo tanto, no se le pueden aplicar las cuatro leyes que constituyen nuestra matemática actual sin desnaturalizarlos, la ley aditiva de elementos, la conmutativa, la asociativa y la distributiva de los mismos, pues, en realidad, no son “elementos homogéneos”, ni agregados, ni “partes”, sino constituyentes de una entidad superior; las realidades sistémicas se componen de elementos o constituyentes heterogéneos, y son lo que son por su posición o por la función que desempeñan en la estructura o sistema total; es más, el buen o mal funcionamiento de un elemento repercute o compromete el funcionamiento de todo el sistema: ejemplos de ello los tenemos en todos los seres vivos y aun en la tecnología, como el estrepitoso fracaso del Challenger o del Arianne V, debidos, respectivamente, a una superficie exterior no cuidada o a los “tiempos” de una computadora. En general, podríamos señalar, como una especie de referente clave, que la matemática trabaja bien con objetos constituidos por elementos homogéneos y pierde su capacidad de aplicación en la medida en que éstos son de naturaleza heterogénea, donde entra en acción lo cualitativo. El gran biólogo Ludwig von Bertalanffy (1981) dice –como ya señalamos– que "desde el átomo hasta la galaxia vivimos en un mundo de sistemas", y señaló (en 1972) que para entender matemáticamente, por ej., los conceptos biológicos de diferenciación, desarrollo, equifinalidad, totalidad, generación, etcétera, (todos sistémicos) necesitaríamos unas “matemáticas gestálticas”, en las que fuera fundamental, no la noción de cantidad, sino la de relación, forma y orden. Hoy en día, ya se han desarrollado mucho estas matemáticas. Se conocen con los nombres de “matemáticas de la complejidad”, “teoría de los sistemas dinámicos” o “dinámica no-lineal”, que trabajan con centenares de variables interactuantes e intervinientes durante los procesos con la cuarta dimensión “tiempo”. Se trata de unas “matemáticas más cualitativas que cuantitativas”. En ellas se pasa de los objetos a las relaciones, de las cantidades a las cualidades, de las substancias a los patrones. Su práctica es posible gracias a los ordenadores de alta velocidad que pueden ahora resolver problemas complejos, no-lineales (con más de una solución), antes imposibles, graficar sus resultados en curvas y diagramas para descubrir patrones cualitativos (sin ecuaciones ni fórmulas), guiados por los llamados “patrones atractores” (es decir, que exhiben tendencias). Lo sorprendente de esto es que nuestro hemisferio cerebral derecho trabaja en gran parte de la misma forma e, incluso, con una velocidad superior. En tiempos pasados, la orientación científica exigía que se cuantificara el objeto de estudio, que se matematizara, aunque no fuera mensurable; hoy es la Matemática la que ha tenido que respetar y adecuarse a la verdadera naturaleza del objeto, para captarlo como es, en su genuina y compleja naturaleza. Pareciera que la pretensión anterior, que quería cuantificarlo todo, aun lo que no era matematizable, ha ido cambiando hacia un mayor respeto a la naturaleza de las realidades que no son matematizables. Como es natural, el instrumento (las matemáticas) es el que debe adaptarse al objeto de estudio y no al revés, como ya nos señaló Aristóteles; (ver las matemáticas cualitativas de que nos habla Fritjof Capra en su nueva obra La trama de la vida: una nueva perspectiva de los sistemas vivos (2003, espclte cap. 6). El pensamiento sistémico comporta, además, un cambio de la ciencia objetiva a la ciencia epistémica, es decir, se tiene en cuenta la posición personal del sujeto investigador, como el físico tiene en cuenta la temperatura previa del termómetro que usa. La comprensión de toda entidad que sea un sistema o una estructura dinámica requiere el uso de un pensamiento o una lógica dialécticos, no le basta la relación cuantitativo-aditiva y ni siquiera es suficiente la lógica deductiva ya que aparece una nueva realidad emergente que no existía antes, y las propiedades emergentes no se pueden deducir de las premisas anteriores. Estas cualidades no están en los elementos sino que aparecen por las relaciones que se dan entre los elementos: así surgen las propiedades del agua, que no se dan ni en el oxígeno ni en el hidrógeno por separado; así aparece o emerge el significado al relacionarse varias palabras en una estructura lingüística; así emerge la vida por la interacción de varias entidades físico-químicas, etcétera. El principio de exclusión del físico cuático Wolfgang Pauli, por su parte, estable­ció, desde 1925, que las “leyes-sistemas” no son deriva­bles de las le­yes que rigen a sus componen­tes. Las propiedades que exhibe, por ej., un átomo en cuanto un todo, se gobiernan por leyes no relacionadas con aquellas que rigen a sus “partes separadas”; el todo es entendido y ex­plicado por concep­tos característicos de niveles superiores de organización. Y este principio se extiende a todos los sistemas o estructuras dinámicas que constituyen nuestro mundo: sistemas atómicos, sistemas moleculares, sistemas celulares, sistemas biológicos, psicológicos, sociológicos, culturales, etcétera. La naturaleza de la gran mayoría de los entes o realidades es un todo polisistémico que se rebela cuando es reducido a sus elementos. Y se rebela, precisamen­te, porque así, reducido, pierde las cualidades emergentes del “todo” y la acción de éstas sobre cada una de las partes. Por todo ello, nunca entenderemos, por ej., la pobreza de una familia, de un barrio, de una región o de un país en forma aislada, desvinculada de todos los demás elementos con que está ligada, como tampoco entenderemos el desempleo, la violencia o la corrupción, por las mismas razones; y menos sentido aun tendrá la ilusión de querer solucionar alguno de estos problemas con medidas simples y aisladas. Es de esperar que el nuevo paradigma emergente sea el que nos permita superar el realismo ingenuo, salir de la as­fi­xia reduccio­nista y entrar en la lógica de una coheren­cia inte­gral, sis­témica y ecológica, es decir, entrar en una ciencia más universal e integradora, en una ciencia verdade­ramente inter- y trans-disciplinaria, como lo propone la UNESCO, donde los diversos puntos de vista, enfoques y abordajes puedan cultivarse a través de un profundo diálogo y ser integrados en un todo coherente y lógico. En consecuencia, como ya señalamos, cada disciplina deberá hacer una revi­sión, una reformula­ción o una redefinición de sus propias estructu­ras lógicas individuales, que fueron estableci­das aislada e independien­temente del sistema total con que inte­ractúan, ya que sus conclusiones, en la medida en que hayan cortado los lazos de interco­nexión con el sistema global de que forman parte, serán parcial o totalmente inconsistentes. Como señalamos en el capítulo 2, estamos poco habituados todavía al pensamiento “sisté­mi­co-ecológico”. El pensar con esta categoría básica, cambia en gran me­dida nuestra apreciación y conceptualiza­ción de la realidad. Nuestra mente no sigue sólo una vía causal, lineal, unidi­reccional, sino, tam­bién, y, a veces, sobre todo, un enfoque modular, estructural, dialéctico, gestáltico, estereognósico, inter- y transdisci­plinario, donde todo afecta e inte­r­actúa con todo, donde cada elemento no sólo se de­fine por lo que es o repre­sen­ta en sí mismo, sino, y especialmen­te, por su red de re­la­ciones con todos los de­más, y esa coheren­cia estructural, sistémica, se bastaría a sí mis­ma como princi­pio de inteligibi­lidad. En consonancia con todo lo dicho, necesitamos un paradigma universal, un metasistema de referencia cuyo objetivo es guiar la interpretación de las interpreta­cio­nes y la explicación de las explicaciones. Por lo tanto, sus “pos­tulados” o princi­pios básicos de apoyo serán am­plios; no pue­den ser específi­cos, como cuando se trata de un paradig­ma parti­cular en un área específica del saber. Todo ello implica un enfo­que básicamente gnoseoló­gico, es decir, que trata de analizar y evaluar la solidez de las reglas que sigue nuestro propio pensamiento, aunque, en mu­chos puntos, la actividad gnoseológica no puede desligar­se del análisis de la naturale­za de las realidades en cuestión.

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